Los iconos rusos

Marcel Blanchard. Montevideo, Marzo de 2005.

La palabra “icono” viene del griego (EIKONOS) que significa “imagen”.
En el cristianismo ortodoxo ruso la imagen juega un papel de primer orden en comparación con el cristianismo europeo occidental, en donde un papel similar lo desempeña el “Verbo”, la “palabra” de Dios, en vez de su “imagen”.
Precisamente una de las principales diferencias doctrinarias entre el cristianismo oriental y el occidental refiere a este tema. Jesús Cristo es para los ortodoxos no solo el “Verbo” de Dios como en  el cristianismo de occidente, sino también su “Imagen”.

El icono es una pintura realizada sobre un pedazo de madera y se remonta en sus orígenes al Imperio Bizantino y más lejos aún, al arte egipcio para las tumbas faraónicas.
Para los primeros cristianos perseguidos y desparramados por Egipto y el Cercano oriente, resultaba una suerte de “iglesia” trasladable en sus permanentes viajes de un lado a otro, sin mayor dificultad. En vez de representar la imagen divina en las bóvedas de un templo, se lo hacía en un  trozo de madera portátil.

Los iconos bizantinos buscan la abstracción conceptual, asimilándose más así al arte oriental que al europeo occidental.
Tanto el cuerpo humano como en los lugares y paisajes de fondo de la pintura y objetos en él, están en función de su papel simbólico o compositivo, nunca naturalista.
El plano dorado de fondo de los iconos bizantinos representa la luz divina celestial al producirse la transfiguración. Más allá de este plano dorado y reflejante, del otro lado de este lugar de oro, solo el infinito, la nada, el Misterio Absoluto.

Las formas en el icono no representan “espacio”, como en la tradición renacentista occidental. Las formas son simplemente “color”. Color de alto brillo y profundidad, color plano, compuesto geométricamente de modo que el efecto resultante sobre el sujeto observante sea un estado de elevación espiritual.
El icono es la representación de lo divino en la tierra y a su vez un medio para acceder desde la tierra a lo divino. Es una “puerta de la percepción”  que jala y eleva el espíritu del observador. El creyente fija su atención desapegada en ella y luego “pasa” por ella.
La propia ubicación del icono en la Iglesia Ortodoxa tiene que ver con este papel de punto de contacto entre el Más Allá y el Más Acá. Los iconos se  colocan en el ICONOSTASIO. Este lugar es vedado a los creyentes. El clímax del culto ortodoxo sucede cuando se abren las puertas doradas del iconostasio y los creyentes pueden posar la percepción sobre el icono santo fijando y elevando su espíritu a través de ese contacto visual con la imagen sagrada.

En el año 989 DC el Príncipe Vladimir de Kiev se convirtió al cristianismo en Crimea, tomando por esposa a la hermana de los dos emperadores de Bizancio (hoy Estambul), Basilio y Constantino. De ese modo Rusia entró en el mundo cristiano y extendió la cruz de Cristo por toda Siberia llevándola hasta el Japón e incluso más allá, hasta Norteamérica dominando toda Alaska. Rusia se convirtió en la Santa Rusia.
En términos estrictos, hoy, en comienzos del SXXI, debido a esto, toda la parte norte del continente asiático no es budista como normalmente se piensa al pensar en “Asia”, sino cristiana.

El origen de los iconos se remonta a la tradición grecorromana. Los “coptos” cristianos del Egipto y los países del Asia menor, continuaron a tradición milenaria faraónica de representación del rostro. Del mismo modo en los iconos bizantinos y luego los rusos sólo es visible en carne el rostro y las manos de la imagen, al igual que en la pintura del sarcófago de los faraones. Incluso en muchos iconos rusos se tapa todo el resto del icono con un enchapado en oro, quedando a la vista pintados solo rostro y manos de la imagen santa.
Aún hoy es posible apreciar en la Plaza roja de Moscú, en el Mausoleo de Lenin, el cuerpo embalsamado del líder bolchevique en donde solo se ven al descubierto el rostro y las manos. El propio Mausoleo es una construcción de la vanguardia modernista rusa y retoma en su forma piramidal las tradiciones de las tribus de las estepas y los “kurganes”, promontorios mortuorios.

La pintura de los iconos es bidimensional , eterna, absoluta, y fue ajena al descubrimiento de la ilusión óptica de la perspectiva real por los italianos en el Renacimiento.
Se dice que el primer icono, la primer impresión, fue el mismo rostro de Cristo en un sudario que Verónica acercó a su rostro en el camino al Calvario, para secar su sudor.
La abstracción de los iconos ortodoxos y el papel del color en ellos influenciaron el arte de las vanguardias figurativas soviéticas de principios de la revolución de 1917 y más lejos aún la propia estética y concepto del póster soviético a lo largo de todo el resto del SXX.
El fauvista Henry Matisse quedó arrobado por la contemplación de los iconos rusos y sus colores en su visita a Moscú.
Vladimir Tatlin, cuyo diseño para la torre de la Tercera Internacional Comunista que luego se convirtió en el símbolo utópico de las vanguardias artísticas soviéticas y del  modernismo ruso en arquitectura, fue en su juventud aprendiz de pintor de iconos ortodoxos rusos.
Kasimir Malevich con su “cuadrado negro sobre fondo blanco” también entroncó el arte figurativo de vanguardia ruso con la tradición iconográfica ortodoxa. De hecho esta pintura es una suerte de icono reducido al absoluto, de icono abstracto, reducido a pura energía. No es casualidad que en su primer exposición coloco este cuadro en el ángulo diedro del cuarto de exposiciones, lugar tradicional del icono en los hogares rusos. A principio de los ´80 del SXX, el arquitecto Frank Gerhy recreó en el “County Museum” de Los Ángeles  bajo el nombre “La vanguardia en Rusia, 1920-30: nuevas perspectivas”, la famosa exposición de Malevich volviendo a colocar el “cuadrado negro sobre fondo blanco”  en el ángulo diedro. Al respecto Ghery comentó: “Pensé que si esas obras se sienten tan a gusto será porque están saliendo a luz mis orígenes ruso-polacos”.
Luego de su “cuadrado negro sobre fondo blanco” , Malevich llevó la abstracción iniciada por Picasso y el cubismo y otros vanguardistas occidentales, hasta el paroxismo, como es grato a los rusos, hasta el mismo punto “cero”, de no retorno, cuando pinto su “cuadrado blanco sobre fondo blanco”.
Muchas pinturas abstractas de Malevich cuyas formas son reducidas a geometría y color, a estado de energía pura, pueden encontrarse en los diseños gráficos textiles de la túnicas de los santos en los conos bizantinos y ortodoxos rusos.
Este vinculo en Malevich, Tatlin y otros representantes de la vanguardia rusa con la antigua tradición cristiana ortodoxa iconográfica, resulta sorprendente y fascinante si se considera la voluntad de ruptura del las Vanguardias Figurativas y del Movimiento Moderno Internacional en arquitectura con todo lo que fuera el pasado, del mismo modo que la ideología de la Revolución Bolchevique de 1917 pretendió erradicar por completo la religión a la que Karl Marx había denominado “el opio de los pueblos”.

En la Rusia actual el icono resurgió con toda su fuerza e intensidad espiritual. No es exagerado decir que muy pocos hogares urbanos y ninguno rural carecen de por lo menos un icono en el ángulo del diedro de la cocina (“kujnia”), habitación en la cual se desarrolla la principal actividad de relación diaria en una casa rusa. En los coches de policía rusos, en los ómnibus camiones y hasta cabinas de avión y vehículos militares, en los bolsillos y en las carteras, siempre habrá una imagen portátil santa. Los rostros de los “santos” ideólogos y líderes de la revolución bolchevique, Marx, Engels, Lenin, Salin, Dershinski, durante décadas tomaron el lugar de los iconos en todas las paredes públicas y privadas de Rusia. En pleno siglo XXI  deja a uno estupefacto, reacción muy común en Rusia para un extranjero occidental, ver en la pared de una pequeña oficina de comisaría de policía de un buen barrio de Moscú, la imagen del fundador de la siniestra policía secreta rusa (“Checa”) que luego se transformo en el famoso KGB, Félix Derzhinsky, y más abajo puesto por algún funcionario policial en los últimos años, un icono ortodoxo ruso.

A pesar de los moldes y cánones, no existe ningún icono idéntico a otro.
El pueblo ruso actual, como durante siglos, ve en el icono una imagen santa, una ventana al Absoluto, que emana la energía necesaria para superar cualquier dificultad. Del orden que sea, en la vida diaria.
Así como los ejércitos de los zares conquistaron Siberia a las hordas mogolas llevando como estandarte un icono santo, los soldados rusos portan aún hoy iconos en sus campañas militares imperiales, y las jóvenes rusas del SXXI al casarse reciben un icono protector de su madre.
En plena Rusia del SXXI probablemente los objetos más familiares a un ruso, por su cantidad e importancia relativa son los teléfonos celulares y los iconos.
La misma Moscú siempre fue considerada por los rusos un icono, la Ciudad Ideal y Santa, “por encima de la cual solo se encuentra el Kremlin y encima del cual solo se encuentra el Cielo” en las palabras de un monje ruso de la antigüedad.